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Ahora toca la empresa

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DIEGO CARCEDO. Colpisa.

Nuestro colaborador, Diego Carcedo

Parece –nunca hay que echar las campanas al vuelo del todo– que la pandemia originada por el coronavirus empieza a declinar. Pero sigue ahí, contagiando todos los días a millares de personas y acabando con la vida de centenares de pacientes. Se impone seguir atentos, tomando precauciones, vacunándose, soportando confinamientos y resignándose, algo a lo que muchos se resisten,  y aceptar diversas privaciones.

Con todo, la impresión es que hay luz al final del túnel y la sociedad, empezado por sus representantes, tienen que ponerse a tomar más en serio la recuperación de los daños causados, que son incalculables, y restablecer la normalidad. Es difícil determinar por donde comenzar cuando son tantos los problemas graves que hay que afrontar. Y muchos de carácter humano, ante los que no se puede ser insensible.

Ahora la primera obligación lógica es devolverles a las familias el estatus perdido. Y, aunque haya quien no lo aprecie, este empeño pasa necesariamente por la recuperación del tejido empresarial. Reiteradamente se ha venido diciendo que después de la salud se impone sacar a flote la economía. Y para que la economía recupere sus niveles es fundamental devolverles a las empresas su capacidad plena de producir, financiarse, vender y mover el dinero que todos necesitamos.

No faltan irresponsables mitineros que desprecian el valor global de las empresas alegando que están sólo para enriquecer a sus accionistas. Se dan casos, sin duda. Pero esta Argumentación no puede ser un obstáculo para que la actividad empresarial vuelva actualizada a dinamizar la vida económica,  generar puestos de trabajo y producir riqueza.

Quizás resulte un poco duro decir que la empresa debe ser lo primero, pero no es disparatado: sólo con la empresa en plena actividad productiva y creadora del empleo que permita a las familias disponer de medios para consumir lo que necesitan en una secuencia que en definitiva es la que mantiene la rueda económica viva.

Ante esta evidencia, la conclusión es que, en las actuales circunstancias, con tantos millones de trabajadores sin un puesto desde el que ganarse la vida, gravitan sobre las arcas del Estado ayudas imprescindibles que más allá de mantener muy elevado el gasto, es dinero que se desmarca del círculo fabricante, trabajador, consumidor, de manera improductiva. Urge trabajar, producir y consumir. Aquí está la mayor responsabilidad de los poderes públicos: ayudar financiera y fiscalmente a las empresas para que salgan de su mal momento. Ante la crisis que atravesamos el pragmatismo recuerda que es más productivo y gratificante para todos ayudara las empresas a incrementar sus plantillas laborales a que sea el tesoro público el que se tenga que aumentar impuestos para sufragar subsidios de desempleo que, dicho sea de paso, casi ningún trabajador quiere disfrutar voluntariamente.