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El espíritu empresarial

LEOPOLDO ARNAIZ. VICEPRESIDENTE DE LA AEAE.

En la actualidad, se suele describir a los empresarios con adjetivos positivos o negativos en función de los distintos aspectos que de ellos se valoren. En ocasiones, incluso, con opiniones equivocadas derivadas de concepciones políticas superadas.

En el desarrollo de cualquier actividad humana existen excepciones, por lo que no es recomendable adjudicar características uniformes a un grupo de personas. Por el contrario, y en este caso, sí podríamos fijar un estereotipo para la definición de empresario, y sobre todo en lo relativo a las características inherentes al denominado “espíritu empresarial”.

Los empresarios cuentan con dos aspectos destacables como hechos diferenciales, ahora que se ha puesto de moda esta expresión.

  1. El resultado económico de la actividad del empresario está sujeto a “riesgos” y, por tanto, no tienen asegurada su remuneración. Esto les diferencia claramente de los llamados “empleados”, y sobre todo de los empleados sujetos a un sistema laboral proteccionista como el español, con derecho a indemnizaciones y paro. A este último grupo de personas se las denomina coloquialmente y de forma paradójica “trabajadores”. Una denominación cuando menos curiosa, porque podría desprenderse de ello que el empresario no es un trabajador en el más amplio sentido de la palabra, cuando suelen ser personas extremadamente trabajadoras, al igual que los empresarios individuales o “autónomos”, que sobreviven porque son precisamente buenos trabajadores, confían en sí mismos y en su capacidad de supervivencia. 
  2. El segundo hecho diferencial es que el empresario, por razones diversas, quiere hacer “empresa”, es decir, una estructura de actividad formada por equipos humanos. Este grupo de personas que inician actividades y organizan equipos humanos para su desarrollo, imprescindibles para que exista y crezca la empresa, son los que deberíamos denominar “empresarios por antonomasia”, ya que además de trabajar a riesgo, se responsabilizan del trabajo de otras muchas personas. 

Esta última acción está vinculada a la generación de riqueza, un valor que por desgracia no cuenta con la debida consideración en nuestro país.

Se desconoce si la falta de valoración es debida a razones de envidia, incultura o simplemente ignorancia. Lo que está claro es que, en otros países, aquellas personas que crean empresa y puestos laborales son ensalzado y apoyados, pues generan prosperidad para su entrono.

En España, por el contrario, este tipo de empresario es denostado de forma permanente.

A su vez, existe una concepción más amplia de estos conceptos, que incluyen a muchas personas que, aunque no sean empresarios propiamente dichos, tienen en cambio un abierto espíritu empresarial. Ese espíritu es el reflejo de un modo de ser y sobre todo de una actitud ante el trabajo, concebido como una oportunidad para disfrutar de una actividad y nunca como un mal necesario. Este espíritu, cuando se tiene, conlleva resultados muy beneficiosos para la sociedad en su conjunto.

Se debería educar en este sentido en los aspectos reseñados de asunción del riesgo y del deseo de crecer en equipo y en la capacidad de trabajo y superación, pero también en otros dos aspectos muy significativos: la “curiosidad” como motor de cualquier actividad profesional que conlleva un permanente perfeccionamiento, y la “iniciativa personal” como modo de mantener un nivel de eficacia fundamental en cualquier empresa. 

Por tanto, el “espíritu empresarial” se debe convertir en un objetivo de formación indispensable para convertir a nuestros jóvenes en personas trabajadoras, con tesón y disciplina, curiosas, capaces de asumir riesgos y responsabilidades, con ideas e iniciativas, ambición y deseos de prosperar, y con capacidad para crear equipos humanos que desarrollen las empresas y aseguren sus resultados. 

El reto actual es reflexionar en cómo y quien puede inculcar a los jóvenes este espíritu empresarial, imprescindible para el progreso y para alcanzar altas cuotas de bienestar social.

La conclusión natural es que esta responsabilidad no se puede delegar, sino que debe nacer del propio mundo empresarial.