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La educación empresarial

LEOPOLDO ARNAIZ. VICEPRESIDENTE DE LA AEAE.

La polarización política que sufrimos actualmente en España, nos obliga hacer una reflexión sobre aquello que marca de una manera significativa nuestro futuro proyecto de vida: la Educación.

España es un país que ha logrado un altísimo nivel de bienestar social comparado con muchísimos países, un logro que se ha producido después de un “esfuerzo colectivo continuado” realizado durante más de 80 años.

El esfuerzo ha estado presidido, en la mayoría de los casos, por “acciones individuales” de personas con intuición y con inteligencia, que han destacado por un conjunto de características; mezcla de espíritu de trabajo, ambición de progreso y capacidad de aprendizaje. Unos con formación profesional previa y con conocimientos muy específicos, y otros de forma autodidacta, y por tanto con mucho mayor mérito. Podemos poner muchísimos ejemplos de estas iniciativas individuales exitosas a lo largo de este periodo de nuestra historia reciente.

Tanto es así, que hemos asombrado a Europa en primer término, y al mundo en general, de nuestras capacidades, habiendo realizado gestas significativas en la penetración de empresas españolas en un mercado internacional muy competitivo, que nunca hubiésemos soñado hace medio siglo.

De hecho, se nos considera en el extranjero como buenos trabajadores y magníficos empresarios en el desarrollo de nuestras múltiples actividades, lo que nos ha otorgado un gran respeto humano y profesional.

A su vez, podemos afirmar que la población española no es radical, ni está radicalizada en ninguno de los aspectos fundamentales que conforman nuestra vida, ni en ideologías políticas, ni religiosas, ni en aspectos de convivencia. Por el contrario, es alegre, comprometida y solidaria, muy capaz de valorar el bienestar alcanzado.

A mi juicio, para mantener este bienestar resulta imprescindible profundizar en varios aspectos de la educación de nuestros jóvenes, como son:

  • Las capacidades empresariales alcanzadas en el campo internacional y el prestigio que ello conlleva para prosperar.
  • Las capacidades que tiene el empresario español, como consecuencia de su modo de ser alegre, cercano y comprensivo con las personas de su entorno a la hora de generar relaciones profesionales y de negocio.
  • Las capacidades de trabajo y de imaginación para asegurar el éxito de cualquier proyecto, y de sobreponerse a las circunstancias adversas, capacidades que hoy están a prueba debido a la pandemia COVID-19.

Y, sobre todo, es necesario profundizar en las capacidades individuales y en la generación de actividades multidisciplinares, pero valorando más que nunca las ventajas de realizar esos trabajos en equipo y no de forma aislada e individualizada, ya que este último detalle es el que nos diferencia y perjudica claramente respecto de muchas empresas europeas con otra educación en la organización del trabajo en común.

No profundizar en estas características, y no dedicar esfuerzos en la formación de los jóvenes aprendiendo aspectos fundamentales de otras culturas para crear con ello espíritu empresarial, pondrá en peligro con seguridad una parte importante de nuestro futuro bienestar.

Por esta razón, y por el riesgo actual de caer en el conformismo y en la creencia de que podemos vivir sin trabajar, pensando que todo nos lo solucionará un Estado omnipresente, opino que debemos destinar una parte importante de nuestros esfuerzos a impartir una educación empresarial potente, cuya responsabilidad nos corresponde a todos los que nos consideramos “empresarios” en este país.