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La formación empresarial

LEOPOLDO ARNAIZ. VICEPRESIDENTE DE LA AEAE.

Una vez determinada la necesidad de una educación empresarial, la clasificación de los distintos tipos de empresarios y las características fundamentales del espíritu empresarial, es importante concretar en qué se debe centrar la formación empresarial y, sobre todo, cómo, cuándo y quién la debe impartir.

Si una conclusión asumida es la necesidad de educar en el espíritu empresarial para mantener nuestro estado bienestar, no es menos cierto que muchos aspectos de ese espíritu, que algunos invocamos, dependen de la propia seguridad de las personas, y con ello de su autoestima. La autoestima es uno de los componentes más significativos para alcanzar la felicidad personal. De ahí la importancia de esta educación empresarial.

Con una perspectiva tan amplía nos encontramos ante la necesidad de una formación compleja, pues debemos acometerla desde distintos ángulos y desde multitud de circunstancias distintas.

Normalmente, la formación empresarial se suele considerar como una disciplina universitaria que fluctúa entre las Ciencias Económicas y la Administración de Empresas, y a nivel postgrado en las enseñanzas de las Escuelas de Negocios, algunas de ellas muy conocidas y eficaces, que titulan a personas súper cualificadas.

Por otro lado, se lleva a cabo en determinados grados universitarios racionalistas y sistemáticos, como pueden ser las Ingenierías, que forman a profesionales muy dotados para la gerencia empresarial con éxitos contrastados.

Por el contrario, existen aún muchas actividades cuyos profesionales deberían tener una formación básica empresarial, en los mismos términos en los que se imparten las normas sociales desde la primera infancia.

Las características del espíritu empresarial coinciden en algunos aspectos en comportamientos no exclusivos del empresario, o del ejecutivo empresarial, como son la curiosidad, la disciplina, el rigor o la ambición, pues todas ellas constituyen virtudes aplicables a cualquier ser humano.

No obstante, habría que hacer énfasis en algunas características empresariales que, a mi juicio, deberían impartirse desde la educación escolar y a su vez durante todo el proceso universitario de la formación profesional. 

Estos aspectos son: 

  • La significación del trabajo como actividad que genera “satisfacción humana”.
  • La necesidad de tener “iniciativa propia” como elemento decisivo para el progreso personal.
  • La importancia del “sentido empresarial” en muchas actividades colectivas, entre otras en la política y más cuando se realizan responsabilidades de gestión.

Existe por tanto la necesidad de formar a todas las personas en estos aspectos generales, incluido el del “riesgo personal” como modo de asumir compromisos en el éxito de cualquier proyecto. 

La puesta en práctica de estas características constituye el mejor modo de evitar el “pasotismo” y el “abuso” de determinadas personas a las que no les interesa ni el cambio de actitudes ni el crecimiento, pues viven del esfuerzo ajeno.

En definitiva, en cualquier actividad humana desarrollada en un mundo de progreso socializado como el nuestro, todos deberíamos tener conocimiento al menos de algunos aspectos generales de carácter empresarial, como son:

  • Las autorizaciones administrativas que son exigibles al desarrollar actividades.
  • Las condiciones laborales de uno mismo y con los demás.
  • El control económico de los ingresos y los gastos.
  • El cumplimiento de las obligaciones de contribuir con impuestos, valorando en cada momento las contrapartidas sociales y de bienestar que suponen estos pagos.
  • La necesidad de saber estructurar las posibles financiaciones externas y el equilibrio entre el ahorro y el riesgo.
  • Los modos con que se estructura el comercio local y mundial.
  • Y en general todos los aspectos jurídicos contractuales entre personas y empresas.

En resumen, un amplio listado de aspectos al menos en sus nociones básicas, pero que una inmensa mayoría desconoce porque nunca se le habló de ello durante su formación. Se trata, por tanto, de un problema cultural y educativo que hay que revisar. 

Otro aspecto diferente es la asunción de los “riesgos económicos” respecto a cada uno de nosotros, y los riesgos sociales o profesionales, así como nuestras capacidades para organizar equipos y empresas, que también deben ser objeto de enseñanza específica, pues son cualidades fundamentales que distinguen a los buenos empresarios, en las que destaca la formación necesaria para proponer negocios y aportar ideas, logrando con ello la mayor eficacia posible en cualquier actividad.

Estos últimos aspectos significativos en el mundo empresarial no deberían hacernos despreciar los reseñados con anterioridad con el carácter de formación básica de cualquier persona, y que se deberían realizar a lo largo de los procesos de formación profesional. Debemos incluir en este contexto la “Responsabilidad Social” que le corresponde desarrollar a las Administraciones Públicas ante el amplio grupo de personas “paradas” sin empleo, con graves problemas de subsistencia y de estima personal.

Esta reflexión nos debería obligar a considerar aspectos de la formación empresarial con interés, especialmente en aquellas personas que por vocación somos empresarios, y en aquellos que por oficio están implicados en la educación integral de las personas.