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Procedimientos para la expansión empresarial

Leopoldo Arnaiz, Vicepresidente de la AEAE.

La primera consideración que se debe realizar para lograr el objetivo de una expansión empresarial que pueda conllevar incrementos de la producción, y como consecuencia de ello la generación de riqueza y actividad, es que existan “empresarios”.

Ya he comentado en artículos anteriores todo el conjunto de características que debe tener una persona para ser empresario, y no cabe duda de que un aspecto fundamental y determinante es su carácter personal para propiciar iniciativas. También hemos destacado la importancia de una educación empresarial en sus distintos aspectos prácticos y conceptuales.

Por supuesto aquellas personas que tienen ambición de convertirse en empresarios, sea cual sea su actividad y su entorno, lo pueden hacer, incluso sobreponiéndose a circunstancias adversas, asumiendo los riesgos que supone liderar un proyecto si verdaderamente se quiere realizar, pero es muy probable que determinados escenarios negativos de su entorno social, y de los enfoques político-administrativos de cada momento, puedan llegar a lastrar sus aspiraciones.

Por esta razón, los mejores procedimientos para lograr la expansión de las empresas es que concurran circunstancias que favorezcan esta expansión, y la mayoría de ellas se encuentran en el entorno social.

En nuestro país, en muchos casos, se demoniza al empresario como si fuera un ser egoísta que actúa contra el progreso social y contra sus propios trabajadores, y al que no se le debe considerar como un ejemplo a seguir.

La primera, es que exista un reconocimiento y una consideración social de las personas que ejercen la actividad empresarial, y de la riqueza que generan junto a sus equipos, lo que les debería convertir en referentes de su propia comunidad. Pero a veces se produce todo lo contrario. En nuestro país, en muchos casos, se demoniza al empresario como si fuera un ser egoísta que actúa contra el progreso social y contra sus propios trabajadores, y al que no se le debe considerar como un ejemplo a seguir.

El hecho de penalizar al emprendedor socialmente, circunstancia que ocurre con demasiada frecuencia en determinados ámbitos políticos, es verdaderamente grave, porque supone perjudicar abiertamente la autoestima de cualquier persona que se proponga tener iniciativa. Esta valoración no solo es aplicable a los empresarios, sino a cualquier tipo de actividad empresarial y en cualquier situación laboral en la que las personas hagan un esfuerzo de mejora o adopten una actitud de emprendimiento que favorezca el crecimiento de la empresa. 

La segunda se produce cuando la estructura política facilita la labor empresarial con la planificación de ayudas e incentivos para personas que realizan este esfuerzo de generación de actividad, y por tanto de riqueza para mantener nuestro estado de bienestar.

La situación contraria, es tratar al empresario como un objeto fiscal al que se le debe expoliar cada día con más impuestos, justificando un equilibrio de la estructura social sin tener en cuenta la generación de riqueza que supone su actividad con el beneficio que supone para todos. 

La expansión y el crecimiento de la actividad necesita siempre una educación en los valores del espíritu empresarial, pero necesita también circunstancias favorables como las descritas para que los empresarios se conviertan en personas bien consideradas socialmente, y que sean objeto de ayuda y de incentivos para sus actividades. 

Un último aspecto que puede colaborar de forma significativa a la expansión empresarial, aunque difícil de conseguir, es que aquellos empresarios con experiencia contrastada y éxito, pero poco favorables a publicitarse, expongan y describan sus experiencias como ejemplo para los jóvenes. Una labor necesaria para animarlos a formarse y a tener siempre iniciativas en todas las actividades y en todos los niveles de los trabajos que realizan, para lograr mayor eficacia y mayores crecimientos en la producción, y lograr con ello la “popularización de la actividad empresarial”.